CORZOS CON NOMBRES Y APELLIDOS

Con el tiempo, uno va alimentando su alma cinegética de aquellos valores que la nutren de sensaciones especiales, distintas, únicas, diferenciadoras de las que forman el grueso de las demás sensaciones, y como no podía ser de otra manera en el mundo del corzo a rececho, ese hecho diferenciador se acentúa todavía más si cabe al hablar de corzos con nombre y apellidos.

Son estos corzos aquellos que se han ganado su nombre en base a la dificultad de su caza, a esas dificultades que nos han hecho ir a por su logro decenas de veces, a los errores que nos han provocado, a  las veces que los hemos fallado, … y es de ahí, de todas esas dificultades, de donde nacen descripciones tales como “el corzo del veterinario”, “el de las colmenas”,  “el de la cancilla”, … en honor al veterinario que lo falló, al que se mueve cerca de unas colmenas o al que sale en un prado al anochecer con una cancilla en su entrada. Seguramente cualquier corzo que se abata sea especial, pero aquellos que vamos explícitamente a por ellos, esos que casi tienen nombre y apellidos, son distintos, únicos, mágicos, su logro tiene un sabor especial, el sabor del logro de un reto fijado previamente sobre un individuo único. No es un corzo lo que conseguimos, es el corzo que queríamos, deseábamos y terminamos logrando.

El de este relato es el corzo del “Outeiro do Castro”. En un lugar donde la gestión corzuna salta hecha añicos por la desfachatez de muchos que disfrazados de cazadores utilizan sus intereses particulares para sentenciar las ilusiones de otros que realmente si lo son, no se puede aspirar a grandes trofeos. De poco importa respetar y cuidar un corzo de tres años en los recechos, si detrás de ese planteamiento de futuro, ese mismo corzo sufrirá plomo conejero o zorrero meses después por haber tenido el atrevimiento de haberse llevado la jauría de perros en su persecución.

Con semejantes premisas en Galicia, los objetivos corzunos deben ser claros, machos adultos bien formados, sin esperar mucho más, porque posiblemente los ejemplares “top galaicos” son más consecuencia de casualidades que han impedido su caza por parte de quienes no tenían ni derecho a practicarla (evidentemente no hablo de quienes cazan los corzos en batidas legales), que de otras razones.

Sabíamos del corzo del “Outeiro do Castro” desde la temporada anterior en la que salió ganador una y otra vez, brillando por los escasos avistamientos que regaló, y eso no siempre a los recechistas, sino más bien a los vecinos del pueblo cercano que ratificaban aquello de que “el cazador ve leña y el leñador ve caza”. Una mezcolanza de pinares con robledales daba cobijo a nuestro duende, y al cual únicamente nos quedaba la esperanza de poder ver en los escasos prados que tenía la zona.

Como en todos los ámbitos de la vida, la constancia y perseverancia acaban por recoger sus frutos, al menos en forma de alguna oportunidad y esta llegó cuando menos nos lo esperábamos.
Tarde de principios de Mayo, acompañado de mi amigo Fran Bubal, nos aprestamos para recechar la zona en una tarde de lluvia y viento, o sea, con todos los indicios previos apuntando a un nuevo fracaso, sin embargo la perseverancia estaba de parto esa tarde y alrededor de las nueve y cuarto del anochecer una silueta corzuna capta mi atención desde la lejanía. Acordamos hacerle la entrada al hipotético corzo, ya que las circunstancias del momento no permitían discernir con claridad el sexo del sujeto. Uno de los miles de caminos que cruzan tierras gallegas nos permiten ponernos a unos 120 metros del lugar donde se encuentra el animal, el aire lo tenemos bien y la entrada es franca y sin complicaciones.

Levanto los prismáticos amparado por el cobijo que me dan unos pequeños arbustos en la linde del prado donde se encuentra el animal y el camino donde nos hallamos nosotros y la decepción nos invade. Se trata de una corza, que para más inri está preñada. Sabedores del hábito de las corzas a aislarse en la soledad para parir, no hay muchas esperanzas de que nuestro caballero la acompañe. Sin embargo Fran, retrasado un poco, me sugiere que mire bien por “si acaso”. Remiro de nuevo y busco más atrás de la corza un rayo de ilusión, de esperanza, la fe quiere ver lo que no veo. Cobijándose del viento y la lluvia está pegada a uno de los típicos muros que en Galicia delimitan las propiedades rústicas. Vuelvo a remirar, ahora unos 20 metros más atrás y hete aquí, que desafiante, recortando su trofeo al cielo allí estaba nuestro corzo, el corzo del “Outeiro do Castro”. Alto, bien formado, estéticamente perfecto.

Fran abre el trípode con rapidez (antes del disparo le sugiero que aparte una rama que parece querer meterse en la línea de fuego), el sonido de nuestras ilusiones resuena en el pequeño valle, al tiempo que la llama del disparo se dibuja en la inminencia del anochecer. El corzo cae desplomado, sobre sus pezuñas, sin enterarse que del otro lado de las intenciones, hay días y días de fracasos tras su logro, ilusiones quebradas, intentos fallidos, que ahora se recomponen y transforman en una alegría inmensa. No era para menos, el corzo del “Outeiro do Castro” la había ido alimentando poco a poco, nutriéndola de sin sabores, de esfuerzos, de sufrimientos, para ahora convertirlos en la satisfacción del logro del objetivo marcado.

Nota: El video de este rececho podrás verlo en YouTube bajo el título, El Corzo del “Outeiro do Castro”. 

ÓSCAR GARRIGA