Espera con Recompensa

La tarde del 17 de Mayo de esa misma temporada, día festivo en Galicia en honor a las “Letras Galegas”, Miguel mediatizado por cuestiones laborales que le obligaban a estar localizado a través del móvil para cualquier contingencia que se presentase en su empresa me sugirió acercarnos a un monte cercano al propio pueblo de Viana do Bolo, donde era consciente de la cobertura del teléfono y de esa manera poder matar “dos pájaros de un tiro”, hacer una espera en el atardecer al capreolus y poder estar operativo ante cualquier imprevisto que pudiese surgir, así que después de charlar un rato mientras nos tomábamos un café allá nos fuimos y como siempre con la ilusión cargada a tope.

La zona elegida por Miguel, con el embalse al fondo separando los acotados de Vilariño de Conso de una lado y el de Viana do Bolo del otro, dibujaba una imagen impresionante, pero que a mí desde el punto de vista cinegético no me convencía demasiado ya que la entrada a cualquier corzo que pudiésemos avistar desde arriba se intuía harto complicada, además de hipotéticamente resultar imposible en el espacio temporal, no olvidemos la predisposición del duende a moverse en los últimos momentos de la luz diurna; por ello, le sugerí a mi amigo que cambiásemos de zona, a poder ser a otra que tuviese algún prado ó siembra que pudiera resultar ser lugar querencioso para los corzos al atardecer y que fuese más accesible temporalmente en una supuesta entrada.

Sin perder tiempo y con la ayuda del todo terreno nos dirigimos a una zona cercana que conformaba una especie de pequeña colina y que estaba compuesta por monte bajo y unos cuantos prados. Acordamos que Miguel controlara la caída del Noreste y yo vigilara la del Suroeste. Al colocarme me percate de la presencia de un viento bastante fuerte del norte que no me gusto nada pero que evidentemente era el que había y con el que de una u otra manera debía convivir las próximas horas. Resignándome pues ante la frialdad de ese viento y del que los corzos recelan bastante, decidí apostar por un prado que en su zona alta tenía una especie de tanque de agua y desde el que supuse regarían la finca en épocas de escasez de agua, además de poder servir de bebedero al ganado doméstico si fuese menester. Mentalmente imaginé que la calidad de la hierba seria mayor que la de los prados vecinos por ese apoyo de regadío, no descartando tampoco la posibilidad de que los corzos pudiesen venir a beber al tanque cuando la sed y los calores del estío los apretasen, aunque naturalmente en pleno Mayo esa no era la mejor época, pero… por si acaso.
Las dos primeras horas de espera no tuvieron nada que contar, sólo la bajada de temperatura que caminaba a la par de los minutos de día que se iban poco a poco me hacía sentir más solo en el silencio, como si el frío cada vez más reinante quisiera retar a mis ilusiones. Sin embargo, desconocía el primero que estas iban en aumento, al unísono con el lento pero firme deambular de los minutos que me traían una oscuridad cada vez más presente.

Hacia las nueve y media de la tarde-noche, a unos trescientos metros y al margen izquierdo del prado que mejor me olía, en una pequeña siembra adivino a entrever la silueta de un animal que luego los prismáticos me certifican como una corza preñada. La observo con detenimiento, disfruto con ella, intento aprender lo que sea de su comportamiento y aunque sabedor de la práctica inexistencia de algún macho que la acompañe por culpa de su estado de gestación, permanezco expectante no vaya a ser que las reglas quieran romperse por un día y me regalen una sorpresa. Miro y remiro, la vuelvo a mirar, observo los lindes de la siembra, la corza no hace ademán de buscar a nadie con su mirada, sigue con paso lento pero firme pastando y caminando hacia el monte bajo que separa su siembra del prado que a mi tanto me gusta y al que parece ella quiere encaminarse.

En estas ando cuando llega Miguel alegando en su defensa que el frío de la cima de aquella colina es insoportable por lo que por un momento decido no extraditarlo al Polo Norte para que pagase por el pecado del ruido y movimiento que todo desplazamiento lleva inherente. Lo invito a que se deleite observando la corza. Como abstraídos por poderes sobrenaturales nos embobamos con la cabrita mientras el tiempo camina implacable y empieza a llamar por la noche.

Casi ya desahuciado, giro la cabeza hacia mi prado y ¡¡ magia ¡¡ veo un corzo en su parte alta, levanto los prismáticos que penden de mi cuello, no consigo saber con seguridad el sexo de semejante inquilino, vuelvo a mirar, intuyo muy vagamente que se trata de un macho pero tampoco lo sé con certeza, me acuerdo de los Swarovski, de los Zeiss, de los Leoupold,… de la calidad de la óptica que marca la diferencia en esos momentos, pero también de mi madre por no haberme dado cuenta antes de semejante evento. La distancia es considerable por lo que independientemente de sí el corzo viste de azul o de rosa, debo de acercarme para asegurarme y si decide hacerme un guiño poder tirarlo. De pie no puedo hacerlo, estoy en la parte alta pero enfrente del corzo que poco a poco se va acercando mientras pasta en el prado y podría verme. Ni corto ni perezoso opto por la indecente postura de las cuatro patas, no tengo otra opción, Miguel detrás de un muro me mira con pasmo cuan oveja mirando el avance del tren. Adelanto el rifle con mi mano derecha y lo dejo en el suelo, gateo, vuelvo a adelantar el rifle y dejarlo, vuelvo a gatear… algún tojo me deja su autógrafo en la palma de la mano recordándome al tiempo que estoy en un monte gallego no haciendo castillos de arena en la playa de Riazor. Con más pena que gloria consigo llegar a un pedrusco que previamente se encargo de disimularme ante el corzo y que ahora me viene a las mil maravillas para apoyarme. Levanto de nuevo los prismáticos, estos ahora si que quieren ser sinceros y me cuentan que es un buen macho, con defecto en una de sus cuernas pero de un grosor envidiable. Cambio los prismáticos por los aumentos del aquí si Swarovski y que barato me parece lo que pague por él. Hay mucha distancia pero no tengo otra opción, el corzo avanza lento pero avanza y va cubrirse con unos robles que delimitan la propiedad de la finca entre él y yo. Subo los 4 predispuestos de antemano a 8 aumentos, intento meter el animal en la cruz y… este alcanza la cobertura de los robles. Continua en el prado pero los árboles me impiden verlo. Decido bajar a la zona baja del prado haciendo cómplice de mis intenciones a los que antes quisieron ser mis enemigos, y así pegado a los robles y por un pequeño camino de ganaderos bajo hasta el fondo de la finca para ver si con un poco de suerte puedo tirar. Al llegar, compruebo que allí se encuentra la entrada al prado con una cancilla de madera que hace las veces de puerta y de obstáculo para evitar la entrada de ganado ajeno a la propiedad. No veo nada, pero temo entrar en la finca y que el corzo pueda estar cerca y me descubra.

De repente unos ladridos donde presumiblemente intuía que se hallaba el corzo lo delatan y aunque no acabo de entender muy bien sus razones, no estoy para preguntas sin tiempo de respuesta. Miro en la dirección de los ladridos y consigo entrever la figura del animal a través de las ramas de los robles. Cabreado y sin prisa pero sin pausa quiere regresar al monte de donde salió, por lo que decide cruzar todo el prado. Es mi ocasión. Me agacho, bajo a 6 los aumentos, apoyo el rifle en una de las tablas horizontales que forman la cancilla de entrada a la finca. Espero que se detenga pero no lo hace, debo disparar en movimiento. El sonido revienta el silencio de la ya más que presente noche. El Corzo se desploma fulminado, no se ha movido ni un centímetro. Salto la cancilla, acerrojo el Blaser y me acerco al animal que yace inerte en el suelo. Fantástico. Un grosor considerable, un perlado que maltrata la mano al arrastrarlo, unas rosetas con 16 cm. de perímetro en cada una de ellas. Precioso. Su cuerna izquierda se detiene a la altura del nacimiento de la luchadera, lugar en el que tiene dos protuberancias hacia atrás simulando unas deformes contraluchaderas. La KS presenta un impacto en plena paletilla con apenas diámetro de salida. El 7 mm. R.M. supo imponerse con mágica solvencia a los 127 metros de distancia.

Con este corzo supe de la importancia de una buena óptica, básica y primordial para quien quiera adentrarse en el apasionante mundo del rececho y más aún en latitudes galaicas dónde la niebla y la lluvia se presentan para acompañarnos más de lo que queremos, amén de la escasez de luz propia en los momentos óptimos de caza al duende. Paciencia en la espera para no mermar nuestras ilusiones, mucha quietud y silencio; unos metros que Miguel se movió mientras me acercaba a la entrada de la finca fueron los padres de los ladridos del corzo y que en este caso le costaron meterse en mi visor por circunstancias atípicas como fue centrarse en un presunto peligro y desconocer otro, pero que evidentemente no es lo normal, sino más bien todo lo contrario.

ÓSCAR GARRIGA

El corzo del relato