Oro a la Perseverancia

Reza un dicho portugués “Quem porfía mata caça” y en este caso bien podría aplicarse a este corzo, ya que a la postre su logro fue el fruto de la ilusión, constancia y perseverancia en la consecución de un objetivo.

De la calidad de su trofeo sabía desde hacía un tiempo considerable, tiempo en que el susodicho había resultado ganador una y otra vez, tanto en recechos pasados como en alguna batida organizada específicamente para poder abatirlo. Por ello esta temporada desde un primer momento a mi mismo me inculqué que abatirlo debería ser el primero de mis objetivos en los recechos primaverales tras los corzos.

Así el mes de Marzo durante la veda, me lo pasé visitando sus presuntos dominios una y otra vez, pero solamente conseguí verlo en dos ocasiones, la última el 11 de marzo a las 08:45 de la mañana. Dos únicas veces que fueron más que suficientes para acrecentar aún más el reto de intentar conseguirlo.

Su territorio parecía claro, y digo parecía, porque al final lo que aparentaba no se correspondió con la realidad. Un robledal, bordeado por una carretera al sur, otra al oeste, y caminos vecinales al norte y este. Caminos estos que siempre pensé que cruzaría para pasar una mezcolanza de monte bajo con tupido y de una extensión ya considerable, sin embargo descartaba que pudiese atravesar las carreteras mencionadas.
Únicamente unos prados que rodeaban el robledal por su parte sur y oeste y otro metido en el centro del mismo, podrían darme la posibilidad de poder verlo y por extensión, poder tirarlo.

Antes del comienzo de la temporada, hice dos puestos de espera con los que poder controlar su posible salida a los prados que bordeaban el robledal, así como el que se encontraba en su interior. Para uno de ellos y ante la imposibilidad de otra opción, usé un viejo somier que con ramas de eucaliptos cruzadas por entre las varas, me daban cobijo visual ante el corzo, que en caso de salir a ese prado, lo haría a no más de 80 metros de mi posición.

Sin embargo comienza la temporada, van transcurriendo los días y el corzo no da señales de vida, “se lo había comido la tierra”. Es sólo a finales del mes de Abril, casi 50 días después, cuando vuelvo a ver el corzo de nuevo, pero…¡¡del otro lado de la carretera que bordeaba el robledal por la parte sur!!…¡¡manda leches!!…su territorio era mucho más amplio de lo que yo me imaginaba.

En ese preciso momento me di cuenta que la batalla empezaba a decantarse de mi lado, no en vano, la nueva zona presentaba espacios más abiertos en los que sabía que antes o después el corzo acabaría cometiendo el error de volver a visitarlos. Así fue, tardó solamente una semana, la fortuna quiso que nos cruzásemos en el tiempo y en el espacio con intenciones bien distintas.

El 6 de Mayo a las 21:40 de la tarde, el corzo vuelve a visitar el mismo escenario que días antes ya había hecho. Sin embargo hay algo que juega en mi contra, estoy aireando y desde donde lo veo debo acercarme más. Decido pues tirarlo desde más lejos, desde un parte más alta que en la que él se encuentra, a cambio de renunciar a ganar unas decenas de metros de distancia a la hora del disparo.

Comienzo la entrada y cuando me faltan apenas 10 metros para ganar el lugar desde donde disparar, la culata del rifle debido a mi avance en cuclillas golpea contra mi rodilla derecha y el pequeñísimo ruido pone al corzo en alerta. Levanta la cabeza, abandona el pasto y se centra en mi presencia. Sé que el momento no está para dudas ni dilaciones, hay que tirar ¡¡ya!!, sé que sino lo hago rápidamente se va arrancar de un momento a otro, apenas nos separan 70 metros.

Suena el disparo, casi asesinando la paz del paraíso de la campiña gallega, veo como el corzo sale a trompicones del prado en el que se encontraba para después de cruzar al lindante, meterse en un robledal y monte inmenso…¡¡buff!!…¡¡buff!!.

Experiencias pasadas me aconsejan que me tranquilice, que le dé tiempo, lo que aprovechó para sugerir a mi acompañante Ángel García, que se acerqué por uno de mis teckels, “Ketchup”, para intentar seguir su rastro y cobrarlo ya metido en el monte. Llamó también a Martín, el guía de nuestra rehala en “Monteros Galaicos”, para que traiga a “Morita”, una grifona mucho más rápida y de mayor agarre por si el corzo está “demasiado vivo” como me imaginaba. Esa media hora se me hace interminable, eterna, al tiempo que nos trae la noche.

Ponemos a “Ketchup” en el disparo y el perro quiere coger el rastro al revés, Ángel lo corrige y el perro ahora sí, enfila el rastro de manera correcta. Los primeros 50 metros no ofrecen ni una sola gota de sangre, … ¡¡buff!! … , sin embargo nada más salir del prado y meternos en el monte, los goterones de sangre son evidentes; una leve sonrisa se dibuja en mi alma. El perro sigue el rastro con maestría y 80 metros después sentimos como del otro lado de la traílla, (ya que ver apenas se veía) hay un forcejeo. “Ketchup” había bloqueado al corzo que tal y como suponíamos, nada más sentirse protegido se había acostado, para en este caso nunca más levantarse.

Risas, felicitaciones, fotografías, una alegría inmensa por el logro de un objetivo que había terminado en convertirse casi en una obsesión. La digesta y deleite de tanta alegría llegaba a continuación al observar con detenimiento semejante animal. Un grosor en el primer tercio de la cuerna de escándalo, unas rosetas que casi llegaban a la cavidad ocular, con 21 centímetros de perímetro en cada una, perlado impresionante, luchaderas de 14 centímetros de largo…tremendo, divino, fantástico, un señor, un magnífico corzo gallego, hijo de la constancia en el logro de un objetivo. Un medalla de ORO a la perseverancia, que acabaría por resultar siendo el récord anual de Galicia en el año 2010.

ÓSCAR GARRIGA